Noticias River y un empate que no le sirve: 6° en el Clausura y afuera de la zona de Libertadores

River y un empate que no le sirve: 6° en el Clausura y afuera de la zona de Libertadores

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River en salida de zona de Libertadores. (Foto: Sergio Peralta).

El equipo de Gallardo volvió a jugar un flojo partido e igualó 0-0 con Vélez en Liniers. El único camino que le queda para entrar directo a la Copa es ganar el torneo local.

¿Por qué las matemáticas deberían tener complacencia con River si es el propio River el que no es solidario consigo mismo? El empate 0-0 ante Vélez refrendó, por caso, que hubiese representado un verdadero milagro pitagórico que un equipo tan carente de señas particulares como de oficio se metiera por la tabla anual en la próxima edición de la Libertadores.

De las pocas situaciones que generó River. Driussi y casi una acrobacia para tirarlo por sobre el arquero de Vélez. (Foto: Sergio Peralta).

Porque en Liniers, donde se jugaba una final y ameritaba un shock de carácter, River se repitió blando. Ausente. Sólo durante los primeros cinco minutos insinuó parecerse a aquella versión que venció a Estudiantes, que sacó a Racing de la Copa Argentina o que le compitió a Palmeiras. Luego, respetó su regular esencia autodestructiva: fue muy previsible e indulgente y no lo perdió sólo por los reflejos de Franco Armani para descolgar el tiro flotado de Maher Carrizo, el ímpetu de Lautaro Rivero para imponerse en los cruces y la mala puntería Tomás Cavanagh en un cabezazo imposible de fallar debajo del arco.

Enzo Pérez retornó al equipo titular. (Foto: Sergio Peralta).

En entendimiento de los momentos, en vigor y en presencia, este River de Marcelo Gallardo certificó en el Amalfitani que tiene más que ver con Recoleta de Paraguay o con Atlético Zuliana de Perú -ya clasificados a la Sudamericana- que con los poderosos o emergentes cuadros de Brasil. Tanto que aun si llegara a meterse en la Libertadores por un título propio u otro ajeno, también deberá hacer un giro copernicano para volver a ser competitivo.

(Foto: Sergio Peralta).

Vélez fue un buen patrón de muestra del momento de River. Compensado, convencido, solidario (el gesto de Bouzat de terminar jugando de 3, un ejemplo) y con apetito evolutivo, ganó con músculo pelotas que su adversario no logró domar. Guillermo superó a Gallardo en cada línea, le encontró las fallas a las costuras de su adversario para entrarle al toque (con Lanzini, Galván y Maher por momentos a pura electricidad), para cabecearle fácil en el área o para patearle desde cerca a Armani, quien llegó a sacar dos consecutivas sin que algún compañero saliera a su auxilio. Falló la precisión, no el manual. Ahí el contraste con River.

Marcelo Gallardo, no esncuentra el equipo, ni el funcionamiento. (Foto: Sergio Peralta).

Porque enfrente tuvo a un elenco descalibrado pero a la vez sin furia: Vélez apenas sufrió cosquilleos cuando un Driussi apático falló las dos que tuvo (una de emboquillada se fue alta; luego voleó ancho un centro de Salas), cuando un Maxi Salas improductivo remató desviado en el arranque del primer tiempo, cuando Casco cabeceó pegadito al poste o cuando el juvenil Acosta pateó desde afuera (con la rebeldía que no tuvieron otros compañeros mucho más experimentados) y forzó el vuelo de Marchiori.

Síntomas de un problema crónico que se traslada a los números: el CARP lleva 382’ sin goles y necesitó 101 tiros para meter dos en los últimos siete partidos. Uno de los indicios más claras de un momento crítico al que Gallardo no le está hallando la cura.

Guillermo y Gustavo. (Foto: Sergio Peralta).

Que River haya terminado jugando una final pesada por la Libertadores con Acosta, Joaquín Freitas, Subiabre y Obregón fue revelador: un deté poco amigo de cargar de presión a los jóvenes o de apurar los procesos, terminó apostando a chicos (mucho menos intoxicados por el momento) para ir en busca de un ticket. Chicos que energizaron, pero que no le cambiaron la ecuación a un conjunto que no parece creer en sí mismo.

Tanto es así que, mientras Gallardo espera que se dé “ese partido” para cambiar el rumbo y así revertir la crisis, River parece necesitar que llegue enero con urgencia. Saltearse los playoff y de ser posible, las Fiestas. Aunque tendrá que afrontar los octavos de final. Lo que le representará, en esencia, otra oportunidad: dependerá del equipo -y del entrenador que lo guía- si la aprovecha para recomponerse y ser competitivo, o bien si no hace más que plagiarse y extender la debacle otros 90’ y fracción.

Milton Casco, su cabesazo roza el palo y se pierde una gran oportunidad de gol. (Foto: Sergio Peralta).

Un tobogán que, por lo pronto, tiene como símbolo el cuarto puesto en una tabla anual que hasta hace un tiempo lideraba y la cada vez más mínima chance de meterse en la próxima Libertadores. Lo paradójico es que todavía tenga la posibilidad de ganarle a la matemática. De revertir todo aquello que lo hizo desplomarse en la general y meter un sprint ganador. Una ilusión casi romántica que forma parte de la probabilidad. Pero que deberá alimentar con fuego sagrado.

El Mellizo y El Muñeco. (Foto: Sergio Peralta).

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